A la hora de que llegaran estos con el coche comencé a arreglarme. Me asaltó una duda, ¿Y si me arreglaba? Como en los viejos tiempos, cuando a veces me daba por espolvorearme el ojo con sombra negra. Busqué un vestido negro de tirantes, sin mucho escote que me había comprado no hace mucho y unos leotardos de rayas verticales que me parecían la mar de divertidos. Era lo más cantarín que tenía por ahí, y me encantaba la idea. Al final decidí que la sombra negra mejor para otro día, y sólo me estiré las pestañas con rímel. Me alisé el pelo dejándolo más suave que la seda, y lo adorné con una horquilla con forma de florecilla. Saqué de la maleta de viaje que había tirada en una esquina de la habitación unas converse turquesas y un abrigo negro no muy pesado, lo justo para moverme con soltura. Odiaba vestir algo mono y tener que sufrir para ello, aunque cuando me miré en el espejo me di cuenta de que estaba radiante.
Quedaban aún diez minutos. Mi madre al verme bajar por las escaleras me echó un piropo, y mi padre me comentó que parecía un payaso desde el salón. De repente alguien hundió su dedo en el timbre con insistencia. Me apreté el abrigo, me cercioré de que las llaves y el dinero resonaban en mi bolsillo, me despedí con un grito y me dirigí a la puerta. Al abrirla me encontré a Lucio escondido tras la aparatosidad de un casco, y por detrás suyo, una moto.
-Vale, ¿Qué cojones haces ahora? – dije mosqueada.
-Rápido Aída, es una apuesta, a ver quien llega antes. Y ahora cuando vengan aquí, tú no estarás.
Me agarró con seguridad del brazo y me arrastró con él hasta la moto, plantada a un metro y medio de distancia. La miré con autoridad, y luego a él, que me estaba soltando otro casco en la mano. Rodeó la moto y se dispuso a sentarse encima. Yo me acerqué en dos pasos y le di con el casco en el pecho.
-Que no. Que ni de coña. Que yo no me monto en moto.
-Pues nos hemos apostado pasta, si gano me dan treinta pavos. Venga, que te invito a lo que quieras cuando tenga el dinero, te lo compensaré – me cedió el casco de nuevo.
-¿Pero yo qué tengo que ver? ¡Que no! ¡Que no alucines! – contesté devolviéndoselo. Él se levantó el suyo de la cabeza y dejó caer la melena dorada y lacia en cascada. Abrió los ojos y adoptó gesto de que la sentencia iba a estar más que clara, pero para mí no. Yo no me montaba en ese trasto, odiaba con todas las letras la velocidad. La detestaba, prefería que una tarántula me recorriera la palma de la mano, y eso ya era decir, porque tenía fobia.
-Tú vas a venir conmigo – me comentó como si fuera un paso más en un proceso inminente, dándole algo de guasa al asunto, sin embargo no cedí ni media sonrisa -, y luego yo te invito, y se te pasa la taquicardia, no pierdes nada, ganamos los dos.
-Hazlo tu solo, llega antes, iré con ellos. ¿Por qué soy tan importante?
-Hombre, tú has subido la apuesta porque estos estaban convencidos de que te negarías a subir.
-Pero si ninguno sabe que tengo pánico a la velocidad.
-Ya, pero Torcha dice que estás cabreada conmigo.
-No estoy cabreada, y además, ¿Esa es tu manera de arreglarlo? ¿Se supone que estoy cabreada y vienes por pura conveniencia? Me voy en coche.
-Tienes razón, pero he venido porque prefería ir contigo, además, mañana también pasaré a por ti, no es solo la apuesta en sí.
- . . . –Me quedé muda por unos segundos. ¿A qué se habrá referido con eso?- Que no.
Negué con la cabeza y le dejé el casco encima, echándome un paso atrás. Se me estaba acelerando el pulso, en realidad esas apuestas me encantaban, esas rivalidades internas en los grupos. Por otro lado, no sabía qué coño hacía Lucio.
-Es por la falda, ¿Verdad? – apuntó echándome una extensa ojeada. Me crucé de brazos, ahora me sentía un poco estúpida por haber querido arreglarme.
-No es una falda, es un vestido, y no, no es por eso. Cuando te digo que no me gusta la velocidad es que no me gusta y punto.
-¡AÍDA!
De pronto ocurrió tremendamente vergonzoso, mi madre estaba en la puerta presenciándolo todo.
-¡NO SEAS TONTA Y MÓNTATE EN LA MOTO! – me apremió.
Lucio iba a tener un motivo para reírse de mí durante décadas. Enseguida le tomé el casco de la mano y él supo que había ganado, carcajeando se puso el suyo también.
-¡Vale mamá, ni un paso más! ¡Ya me piro!
-¡Esta me la debes, Lucio! – le apuntó con el dedo, el cual le alzó la palma de la mano como agradecimiento.
Me monté detrás de él y me agarré aturdida a sus costillas, no sabía ni qué estaba haciendo, así, sin más. Era lo más rápido y confuso que me había ocurrido en años.
-Tienes una suerte brutal, cabrón – mascullé dentro del incómodo casco.
-Sujétate bien porque voy a ir rápido.
-Te arrancaré el pelo.
-Haré que nos estrellemos.
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